Tras haber pasado unos días en Oporto, la impresión que me dejó fue buena, pero también decadente. Callejeando un poco se encuentran muchos negocios cerrados, edificios preciosos abandonados que se caen por falta de uso, calles descuidadas, que evidencian que la ciudad tuvo un pasado mejor que el presente. Aunque hay algunos que parece que llevan así siglos, hablando con un lugareño descubrimos que gran parte de los cierres son bastante recientes (víctimas de la famosa crisis, por lo visto). Pero a pesar de ello, la ciudad no pierde su atractivo, es una ciudad bonita a pesar del deterioro que sufre, y las distancias no son demasiado grandes en el centro (se puede visitar gran parte paseando, y de paso haces piernas…
.
Pero la ciudad tiene otros atractivos. A pesar de ser una ciudad importante de Portugal (es la segunda mayor), los precios son bastante razonables en las zonas turísticas (es perfectamente asequible tomarse algo en una terraza junto al río sin lamentarse al pagar), incluyendo el alojamiento y la gastronomía local, que además está bastante bien.
En cuanto a cómo es la ciudad en sí, está estructurada en dos partes bien diferenciadas, una a cada lado del río Duero (Douro para los locales), y que históricamente influyó determinantemente en la estructura de la ciudad. En el lado del norte están las bodegas, un bonito paseo fluvial y prácticamente poco más, mientras que en el lado sur es donde está el grueso de la ciudad, incluyendo museos, alojamientos, restaurantes y calles pintorescas para visitar. De una u otra forma, algo que probablemente os toque si estáis por allí es subir cuestas como cosacos, porque el lado sur está establecido en una zona con un gran desnivel que cae hacia el río… (al principio igual no se nota tanto, pero después de cinco subidas con sus correspondientes bajadas empiezas a maldecir al que emplazó allí la ciudad – como decía, es una buena ciudad para hacer piernas
).
Como punto negativo de ser una ciudad importante, tiene a su ejército de “asistentes de aparcamiento”, vamos que está plagado de gorrillas. O, como les llaman allí, arrumadores (o politoxicómanos, según el cariño que les tengan). Si vas en coche, una alternativa son los aparcamientos de pago (que, curiosamente, establecen las franjas de precios por cuartos de hora), que según te alejas de la zona de la ribera del río (la más turística) son más asequibles y algunos tienen descuentos por dejar el coche 24h (en torno a 12€), y otra opción es el aparcamiento en la calle (con el engorro de ir periódicamente a renovar el ticket y, si toca, abonar la tasa gorrilla).
Como dicen lo de una imagen vale más que mil palabras, cuatro fotos valen más que la parrafada que he soltado:

La otra orilla: bodegas a montones, más paseo fluvial agradable y barcos para turistas (el recorrido bajo los puentes mola)






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