
La gente se puede dividir en dos grupos: quienes se duchan y quienes no. El primer grupo, a su vez, se divide en otros dos: quienes se frotan los pies en la ducha y quienes no.
Por suerte la gente que conozco pertenece al grupo del jabón, pero luego mis conocidos se dividen a partes iguales entre los partidarios de frotarse los piececillos con jabón o los que apoyan que con la ducha y aseo general del resto del cuerpo las pezuñas reciben su dosis de higiene justa y necesaria.
He de reconocer que me encuentro en el grupo de los que defienden que con el jabón aplicado al resto del cuerpo (a saber, una persona normal cuenta con cabeza, tronco, brazos y piernas, tirando por el equipamiento básico) es suficiente, ya que al ser la base de nuestro cuerpo recibirán una buena dosis de jabón, así que no es necesario agacharse y frotar en los entresijos de cada pinrel. La otra parte nos llama guarros, nosotros nos denominamos pragmáticos.
El bando contrario tiene algún argumento a favor de la necesidad de dar un tratamiento duchil personalizado a cada uno de nuestros soportes para zapatos, como que somos unos guarros, que somos unos guarros… ¡y que los pies hay que limpiarlos! Ah, y que si no te frotas los pies con esmero cual lámpara mágica eres un guarro.
Necesito resolver esta duda existencial, ¿Quiénes somos? ¿Adónde vamos? ¿De dónde venimos? ¿Te lavas los pies?
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