El otro día tuve un altercado con una avispa. Yo soy muy poco dado a peleas, cualquiera que me conozca lo sabe (antes salgo por patas que me machaco la cara por demostrar que soy un macho alfa), pero esta vez la otra parte quería guerra.
Al entrar en casa, una avispa vino directamente a por mi brazo, sin mediar el típico revoleteo de cortesía y advertencia ni ostias. Directa y al grano, picotazo en el brazo. Pero no se quedó contenta, sino que siguió buscando un punto de acometida, chocándose con violencia contra mi camiseta. Estaba en un frenesí de picotazos contra mi persona. Así que, rápidamente, entro en casa huyendo de la escena del crimen, cojo hielo para la picadura y me dedico a mis menesteres.
Cuando, al cabo de unos minutos, tengo que volver a salir por la puerta de casa me vuelvo a llevar un susto de tres pares de cojones, porque el bichito de marras se vuelve a lanzar a por mi. Me había estado esperando, me tenía ganas. Estaba flipando tres kilos y medio, porque no se me ocurría por qué tenía esa predilección por mi sabrosa carne para depositar su veneno…
Volví a entrar dentro, esperando que desapareciese de una vez y dejando pasar un rato, descubriendo que si me alejaba unos metros de su radio de acción, no me seguía. Esto me puso en la pista, quizás yo no era su objetivo principal, sino que estaba tocando los cojones en lo que ella consideraba que era su zona…
Hoy finalmente, dos días después, he descubierto la razón de su obsesión: mi casa tiene dos puertas exteriores, una más pequeña para entrar personas y una más ancha por la que meter el coche. Ese día yo entraba por la de meter el coche, y a mi amiga negra y amarilla no le pareció muy bien, porque ha hecho su nido (o lo que hagan las avispas) en el riel de la puerta.
Mi solución salomónica ha sido usar la puerta pequeña… mientras se muere la muy hija de puta himenóptera.




Responder
![Cierra la información [x]](http://bloqnum.com/wp-content/themes/bloqtheme/images/cerrar.jpg)