Supongo que habrá gente acostumbrada a llegar a finales. Y no sólo a eso, sino a ganarlas. Yo no. Llegar a una final es genial, cumples expectativas, te mentalizas para la final, en definitiva, estás a un sólo partido de ser el mejor.
Lo malo es llegar y perder. Es injusto que se te quede mal sabor de boca, cuando has sido el mejor en todos los enfrentamientos excepto el último. Cierto que es el que cuenta y el que importa, pero cuando llegar a la final cumple sobradamente tus expectativas, lo lógico sería quedarte satisfecho por un más que honroso segundo puesto. Y aún más cuando en el camino a la final has jugado un campeonato casi perfecto.
Todas estas cosas pasan por mi cabeza tras haber sido subcampeón (o segundo, para el caso es lo mismo) en un campeonato que comenzábamos con pocas expectativas, el año pasado no habíamos superado la primera ronda y este año somos subcampeones. Estoy más que satisfecho, el equipo ha jugado muy bien y ha habido muy buen rollo. Pero sigue sin ser justo que se te quede la espina clavada del «y que habría pasado si no hubiésemos jugado mal el último día».
De todas maneras… tiene aún más mérito el subcampeonato… todo el equipo estaba formado no sólo por amigos, ¡sino que todos éramos informáticos! Además, informáticos multideportistas, que tras ser subcampeones en fútbol sala tenemos que seguir luchando por el ascenso en el fútbol normal. ¡Estamos luchando no sólo contra los rivales sino también contra los mitos!







